Artículo de Felipe García, concejal de Atención al Vecino, Desarrollo Local y Empleo
La historia nos enseña que los discursos excluyentes nunca comienzan con la violencia, sino con las palabras. Empiezan señalando quién pertenece y quién sobra. Empiezan imponiendo una supuesta “unidad nacional” entendida no como convivencia en la diversidad, sino como uniformidad obligatoria bajo un único molde social, cultural e ideológico.
El lema nazi ‘Un pueblo, un reino, un líder’ (Ein Volk, ein Reich, ein Führer) no fue solo propaganda, sino la formulación política de una idea muy peligrosa, la de una comunidad nacional racialmente pura, homogénea y sometida a un mando único. La historia ha demostrado hasta dónde puede llegar esa lógica cuando se normaliza que quien no encaja debe marcharse.
Por eso resultan extremadamente preocupantes declaraciones públicas como las del presidente de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, López Miras, que sostiene que quien “no cumpla la ley ni se adapte en lo social y cultural tiene que irse de España”. España no es, ni debe ser, un proyecto de uniformidad cultural, ni una nación definida por la exclusión, ni un espacio donde la pertenencia dependa de la afinidad ideológica o cultural con quien gobierna.
Nuestro país se construye sobre los pilares de la Constitución, los derechos fundamentales y el pluralismo político y social. La ley se cumple y la diversidad no se expulsa, se protege. La democracia no exige pensar igual, exige convivir respetando las normas comunes y los derechos humanos.
Cuando desde la responsabilidad institucional se utilizan mensajes que dividen entre españoles “válidos” y “sobrantes”, no estamos ante una simple opinión política. Estamos ante un marco mental que la historia europea ya conoce demasiado bien. Y precisamente por eso, tenemos la obligación democrática de señalarlo.
La defensa de España no pasa por reducirla, ni por depurarla, ni por uniformarla. Pasa por garantizar que sea un país de derechos, de libertades y de convivencia. Un país donde nadie tenga que demostrar su identidad cultural para poder quedarse. Afortunadamente la ciudadanía no se concede por afinidad, se reconoce por ley.
La memoria histórica sirve para cerrar heridas, y también para evitar repetir errores. El primer paso es no normalizar discursos que señalan quién debería irse. Porque así, empezaron los nazis, señor López Miras.


